El sol, la arena, el viento y la presencia de Zev son reales. Su rostro marchito contrasta con el júbilo contenido en su andar y sus gestos. Los labios, delgados y resecos, esbozan una sonrisa que precede una risa desganada. Se pregunta si siempre ha sido tan alto o si es la extrema delgadez que ahora nota lo que acentúa ese rasgo. Se observa las manos para descubrirlas afiladas, con las uñas rotas y los huesos que resaltan a través de la lastimada piel. Algunos moretones comienzan a aflorar en sus brazos.
El cuerpo del mago oscila al borde del colapso. Su mente, dispersa entre los granos de arena, perfundida hasta las entrañas de la tierra y obnubilada por el vasto espacio sobre su cabeza. Al caminar recarga el cuerpo en las rocas, que ya no son pasillos ni ruinas, sino inertes monolitos que hacen parecer al cielo aún más lejano. Por un momento teme que se trate del interior de la distorsión.
Zev ríe, y él descubre que le gusta su risa, un sonido poco habitual en su existir como heredero; se pregunta cuántas veces habría reído antes. En el interior no había muchos motivos para reír. Y aun así la vida era vida.
Cuando Zev lo abraza, permanece inmóvil, desconcertado. Pero entonces, también lo entiende, y sonríe mientras, con manos temblorosas, se aferra a un debilitado cuerpo ajeno. Él huele a tierra, a metal.
—Estamos vivos —dice apenas con fuerza.
—Estamos vivos —responde Zev. Una corriente de aire lo despeina, él mira al horizonte—. Volveremos a casa.
Y el mago asiente, en silencio.
FINAL DE LA SEGUNDA PARTE


