DEL GENERAL TIGRILLO

Se había dado cuenta, solo hoy, solo ayer. Pero poco importó siguió avanzando. Los zapatos pegados del papel tapiz rosa y evitó pisar a la perra dormida en la sala. Fue entonces que hizo remordimiento de sus actos y no fue culpable.

Qué sería de la policía si no hubiera ley, a los transgresor de la Relatividad Especial. Entonces el otro dijo: «Y Albert Einstein está equivocado»: «Váyase al carajo usted y el sabio que lo dijo»: «Demuestre, demuestre de la falsedad de sus rostros».

Y así dobló el último plano y puso su cabeza casi a su altura de los cielos y le mordieron la oreja sus ángeles.

Salió despavorido del dolor, fue a llorar y quedó solo.

De la sangre de la herida, llovió sobre el suelo del tapiz rosa. Miro la araña, al ver su hogar destruido, quiso darle fin de un puntapié.

Lamento entonces la araña no prender el interruptor de la luz y traer al amanecer y verlo encendido al medio día, feo y jugado.

Después, meditando sobre el plano doblado que se le habían asignado, resolvió sentar sus quebradas sienes cerca del risco y allí paró antes de saltar.

Sacó el naipe y volvió sus quebrantadas sienes a pensar fuertemente: «siglo veinte, mil novecientos noventa y siete, cualquier día de mi nacimiento»

Despertó de dormir al clamor de las masas, y comenzó a jugar Poker con Kim Jong-un. No parecía un Líder Supremo de una potencia nuclear, pero el rostro le brilló cuando el la primera ronda obtuvo ases.

Un instante después rompió las barajas, en llanto tomó de su bolsillo delantero el tabaco húmedo e inhalo hasta quedar llena la habitación de humo.

Escupió del filtro a su mano izquierda, pero no sintió nada puesto que esta ya, solo huesos. Le echo un ojo chueco a la mano derecha del contrincante, a sabiendas que esta vez iba a ganar.

Ya aburrido de siempre quedar empate, quiso probar la experiencia de ir de naufragio en el barril de pólvora.

La oscuridad era inmensa, pero no faltaba la comida sabor a azufre.

El crepitar del oleaje creció golpeando la carcasa de madera jurando destruirse y filtrar al agua salada. Creció la marea golpeando las rocas afiladas, le anunciaron que las negras costas estaban cerca.

Se acomodo el vientre y gritaba entre poderosos golpes, fugas, remezones cada vez más comunes.

El golpe final se acerca, y dijo: «Rezo a la banderita blanca, al completar tal hazaña».

Desembarco en silencio sonoro, un cuerpo medio muerto gateando a las vírgenes playas negras y frondosos bosques.

Esperó oír el vigor de la conquista, pero al ver mejor las huellas en la playa se dio cuenta que no era primero.

Se cruzaron tres palomas a su perdón. Su arrullo hizo despertar a la pulga que viajaba de polizón. Saltando se posó en su vientre hambriento, y le mordió justo en el ombligo y supo que el experimento había fracasado.

Así, no podría hacer otra cosa que salir del barril e ir al busca apicultor: «Dos piquetes de abeja, para sacarme el veneno. Que si estoy estreñido. El veneno se combate con veneno. Todo el dolor para lubricar el sistema Linfático, es suficiente para un héroe».

Vio a la hija del apicultor y era una chica maravillosa. Blanca, pelo corto brillante, piernas largas. Ojos avellana, en rostro manzana. Por lo cual la llamó.

Estaba subida en el banco ordeñando a la almendra, o no se nunca de donde salía dicha leche. Pudo ver por un momento sus calzoncitos blancos de encaje. Cuando sentado a su lado le pidió un beso sabor almendra.

Efectivamente sus labios tan suaves. Se erizó, y con mucho cuidado trato de no hundirse en su encanto.

A esta altura el apicultor estaba agradecido, con lágrimas en sus ojos porque por fin su hija tenía un amigo. Presa de la emoción organizó una gran fiesta. Para que todo el pueblo pueda percatarse del honor del futuro matrimonio. Quiso escapar, pero podría aguantar un par de noches con tan linda chica. La tomó de su cintura y salieron a la calle en noches de festejo. Miraron a los niños jugar a los policías con espadas de madera y a los bandidos con mosquetes cargados con dinamita listos para tomar sangre.

El sol había decrecido, se emborrachó con tres vasos de Coca-Cola, que se vendía en cada esquina como agua. De modo que pudieron que ir intranquilos hasta su casa, vestidos como estaban, no pudieron ver el desfile de los zares, puesto que mejor porque podrían ser sujetos a censura por sus irrespetadas prendas de granjero.

Una vez en casa, tocó el amanecer.

Se olvidó cerrar la llave de la ducha y los mares desataron crecimiento desmedido por el agua desperdiciada. Así que corrió hasta reparar la falla. No le importaba nada más en aquel instante.

II

Cuando el desagüe hizo lo suyo y la inundación dio cara de retroceder.

Por los años que estuvo en las copas del Chimborazo por qué no había más tierra en el cual posar.

Pensó en su infancia, estaba feliz a pesar de haberla olvidado.

Porque su madre fue quien le parió, al nacer ya escuchaba a Evanescence, y no hizo demasiado caso al oráculo.

Creció flaco y tonto. Sin saber la mayor cosa, sentenciado a la más tierna infancia le dio esquizofrenia. Pero cayó a sus voces devorando su propia sangre en ritual de silencio maldito. Así pasó largos años de amargura. Le recetaron Olanzapina, Carbamazepina y Haloperidol. Pinto sus sueños y escribió su primer libro de poesías llamado, Versos Apócrifos.

La crítica era adversa, pero sólo clamaban que mejor de buen emperador, mal poeta. De hecho lo era. Lo demás no era su culpa. Por eso clamó a sus maestros, los únicos que recordaba, Viejas Gárgolas.

III

Estaba aburrido y pensó irse a América, audicionando para el imperio. Quería ver California, para reencontrarse con su padre, pero el derecho a la alegría y la policía de la felicidad le molestaban puesto que no tenía papeles.

El Senado le negó la visa por la razón de, poeta y gran humano, a pesar de él no creerlo.

Encendió la dinamita, y le pasó el fósforo al General Tigrillo para que fuera a cumplir las órdenes.

De cualquier forma se aburría. Donald Trump y su Historia seria recordado como adverso y tonto.

No sabía nada de historia, y esta sería devuelta a empezar con más brutalidad y convicción. Pensó: «no tengo la culpa de su ignorancia».

Salió expulsado por enésima vez por los crímenes de poseer bombas de agua y carioca de carnaval. Mientras le daba otra palmadita al General Tigrillo que detonara otra «carga».

Pintó un mural hecho de cajitas de Marlboro, las cuales nunca fumó. Formó la estatua de la Libertad con botellas de Whisky JACK DANIEL`S HONEY, las cuales nunca probó una gota.

Pero a la mitad de la tarea se dio cuenta del tiempo que era imposible, porque su reloj hace mucho de marcar bien la hora. Trato de guiarse con el sol pero hace mucho que fue más allá de su reino.

Los gringos acusaron al unísono: actividades antinorteamericanas. Además, reclamó a España por incendiar sus barrios. Extradición ad-portas. Pudo fugar, y se fue a Arizona sin saber que había otra traición. Se hallaba comiendo una bolsa de viejos cacahuetes encontrados en la basura cuando comenzaron los disparos. Alguien le tomó del brazo, otro vino a su auxilio sin que el otro con cara de bribón le llenase de plomo. No pudo decir pío.

Aún así pensó: «me aburro», de manera que fue al bosque a cazar a las brujas. Después, el gigante con la carreta se llevó la montaña y hasta ahora no la devuelve: eran las diez en punto y continuaba durmiendo.

Despertó discutiendo acaloradamente en el Congreso de las Naciones Unidas. Le acusaban y él se defendía argumentando locura. Diciendo en plena voz dijo: «las órdenes que han estado ebrias no deben ser obedecidas». Pero era el General Tigrillo quien mandaba en el Pentágono y no aceptaba ninguna disculpa. Además clamaba que no se acordaba de nada.

A las doce en punto los Asambleístas salieron corriendo con dirección a los refugios. En el exterior las gentes se mataban a caricias.

Compró un boleto para Colombia, se enfrentó a una acalorada discusión con Gustavo Petro. La cual siempre perdía.

Salió desesperado al Perú, y en el Desierto de Sechura bebió todo el oasis sin dejar gota alguna.

Trabajó en las minas de Bolivia, hasta que un argentino le dijo: «Che voludo». Lo cual lo tomó como insulto y le persiguió hasta la Patagonia, donde al salir el sol el argentino se derritió dejando solo un sombrero, capucha y una zanahoria de nariz. Lo supo, todo el tiempo había estado persiguiendo a un muñeco inmóvil de nieve.

Grito a sus apagadas ambiciones, su voz no era tan fuerte.

El Pájaro Madrugador aquella mañana soleada de marzo le contó la leyenda de un loco que sospechaba de todos y quienes. Su cabeza estaba por explotar. Pero gracias a tales impedimentos recordó que dormido en el barril de pólvora, y que varias ratas habían roído sus dedos. No tuvo más remedio que apartarlas pero muy cansado ya, solo su voz funcionaba, y canto con encanto y pena aquella vieja canción titulada, Razor Blades, y las ratas al ver la magia de la pena en sus lágrimas, se reventaron los ojos.

El chillido de los roedores delató su presencia.

Se dio cuenta que no estaba solo. Alguien más le acompañaba en el barril de pólvora. Además su misión no estaba cumplida. Por eso le invitó a salir y esta vez fueron juntos a la mesa a terminar un juego que en verdad jamás había empezado.