Hormigas de Marte
Marte, un planeta rojo saturado de minerales y de peligros que la humanidad jamás alcanzó a comprender.
Soy Ed. Una cabeza abandonada sobre piedra volcánica. Mi cuerpo… debe seguir errando en alguna tormenta de arena más allá del cráter.
Permanezco sobre una roca, en la ladera de una montaña, con un inmenso cráter detrás de mí. Mis ojos ya casi no distinguen formas; la arena se incrustó en ellos hace tiempo.
Aun así, todavía percibo el calor que exhala el suelo y la luz abrasiva del sol.
Si se preguntan cómo arribé aquí, yo tampoco lo sé. Solo recuerdo haber contemplado un resplandor elevarse hacia la órbita hace mucho tiempo.
Siento que mi vida es un poema destinado a extinguirse cuando aquella tormenta distante devore lo que resta de mi carne.
Ser el único hombre en este planeta es solitario y, al mismo tiempo, reconfortante. No me he extraviado; siento que finalmente me hallé.
Aún puedo divisarte, Tierra. Me pregunto si allá todavía evocan mi nombre… o si ya he muerto para ustedes y mi cuerpo simplemente aún no lo comprende.
Este fino hilo al que llamo conciencia dejará de sostenerme algún día, y terminaré disipándome en la oscuridad de un cráter donde las hormigas consumirán mis sesos.
Hormigas… ¿Creen que aquí no existen? Pululan por todas partes. En la Tierra, en Marte o en el cielo, siempre hay algo devorando y acumulando.
Son pequeñas y rojizas, con un tenue aroma cítrico y patas tan filosas que parecen concebidas para desgarrar lentamente la materia…
Me pregunto qué se sentirá ser una de ellas y si existe algún lugar al que ir después de servir a la reina.
¿Qué ocurriría si me integrara a su círculo de muerte? ¿Y si tuviera la desgracia de prolongarme más de lo necesario?
Hay una conclusión: jamás tuvimos elección. Así como quedé derrumbado sobre esta piedra que aún tolera mi peso, esa tormenta incandescente terminará por abatirme en cualquier instante.
Ahora caigo… Me siento suspendido en el aire, como si jamás fuera a impactar el suelo. Algunas piedras se incrustan en mi sien; otras, más grandes, perforan mis orejas. Mi cráneo ya no conserva forma humana.
Al fusionarme con la oscuridad creo haber muerto, pero… aunque ya no veo, todavía pienso.
Estoy en el fondo. Aún percibo la sangre desplazándose entre los restos de mi cráneo. Las hormigas ya transitan mis cavidades.
Mientras la arena me sepulta y esas criaturas me consumen con fervor, contemplo su oleaje estrepitoso como quien presencia, por última vez, el movimiento del universo.
Bueno, este poema en una prosa muy vaga es parte de “ya estamos muertos” es un poemario en el que estoy trabajando, me gustó mucho y conecte con el… espero pronto traer quizá el poemario completo.


