La lluvia en la ventana no golpeaba; se deslizaba. Era una de esas lluvias perezosas, continuas, grises, que convierten a la ciudad en una acuarela mal secada. Adentro, la oficina estaba sumida en un silencio que pesaba tres toneladas. Sin el crepitar de Rafu, sin el zumbido de su estática o el ruido de sus dientes masticando cosas que no son comida, el lugar se sentía como una iglesia abandonada. O como una sala de espera del dentista en el limbo.
Yo estaba sentada en mi escritorio, haciendo girar una lapicera sobre el dedo índice. Se me cayó. La recogí. La hice girar. Se me cayó.
Alma estaba en el ventanal. No miraba nada. Solo existía en vertical.
—Alma.
—No hay café —respondió ella, sin girarse.
—No quiero café. Quiero… saber.
—¿Saber qué?
—Si acabo de levantar esta lapicera porque quise, o porque estaba escrito que la levantara.
Alma giró la cabeza. Lenta. Geológica. Me miró por encima de sus lentes.
—¿Estás aburrida o estás teniendo una crisis ontológica? A veces me cuesta distinguir la diferencia contigo.
—Es Rafu —dije, dejando la lapicera quieta—. Su teoría. Esa estupidez de que somos texto. De que el universo es un guion mal editado. Con este silencio… se te mete en la cabeza. ¿Y si todo esto…? —hice un gesto abarcando la oficina, la lluvia, mi propia existencia— ¿Y si es solo… narración?
—¿Y qué cambia? —preguntó ella. Se acercó a su escritorio y se sentó. El cuero de su silla crujió. Un sonido real.
—Cambia todo. La responsabilidad. La culpa. Si yo rompo una taza… ¿fui torpe o fue un recurso de la trama para mostrar que soy torpe? Si tú te… rompes el brazo… ¿fue un accidente o fue “desarrollo de personaje”?
Alma se quedó quieta. Su mano izquierda, la que se había reconstruido, se cerró levemente sobre el apoyabrazos.
—Es una distinción irrelevante, Aurora.
—¿Por qué?
—Porque duele igual. —Abrió un cajón y sacó un cigarrillo. No lo prendió. Solo lo sostuvo, haciéndolo rodar entre los dedos—. Si el dolor es real, el origen es secundario. Si te quemas con fuego o con la idea de fuego, la ampolla sale igual.
Me recliné en la silla, mirando el techo. El ventilador estaba apagado, sus aspas quietas como espadas muertas.
—Es determinismo. Es fatalista. Significa que no elegimos nada. Que no elegí a salir con Tiamat. Que no elegí aceptar a Mediora. Que no te elegí a ti como jefa. Que solo… seguimos las líneas.
—¿Y si te levantas ahora y gritas “Papas Fritas” a todo pulmón? —desafió Alma.
—¡PAPAS FRITAS! —grité. El sonido rebotó en las paredes vacías. Me sentí idiota.
Alma ni parpadeó.
—¿Lo hiciste porque querías demostrar tu libre albedrío, o porque el guion necesitaba que gritaras para romper la tensión de la escena?
Me quedé con la boca abierta.
—Eso es trampa. Es un argumento circular.
—El universo es circular, Strano. O en espiral. —Se puso el cigarrillo en la boca, mordiéndolo—. Escucha. Supongamos que Rafu tiene razón. Supongamos que hay un tipo, o una mujer, o una máquina, escribiendo esto ahora mismo. Clic, clac, clic. Tecla tras tecla. Decidiendo que llueve para que te pongas melancólica.
—Ajá.
—Ese narrador… necesita que tú seas tú. No puede obligarte a hacer algo que “Aurora Strano” no haría, porque entonces la historia se rompe. La verosimilitud se cae. Así que, incluso si estás escrita… tienes que ser tan auténtica, tan tú, que la mano que escribe no tenga más remedio que seguirte a ti, y no al revés.
La miré. Era el consejo más extraño y liberador que me había dado.
—¿O sea que… obligamos a la trama? ¿Por pura terquedad?
—Por pura consistencia. Si eres lo suficientemente densa, lo suficientemente real… el destino no te empuja. Tú empujas al destino. —Se sacó el cigarrillo de la boca y lo dejó en el escritorio—. Yo no me rompí el brazo por “desarrollo”. Me lo rompí porque estaba distraída. Y me lo arreglé con magia negra porque soy incapaz de aceptar la debilidad. Eso no es guion. Eso es carácter.
—Carácter —repetí. Me gustó la palabra. Sonaba sólida.
—La tinta puede estar húmeda, Aurora. Pero la sangre es nuestra.
El silencio volvió, pero ya no pesaba tanto. Miré la ventana otra vez.
—¿Y la lluvia? —pregunté.
—¿Qué pasa con ella?
—¿Es clima o es recurso literario? Porque lleva tres horas igual. Constante. Gris. Muy “ambientación deprimente para charla filosófica”. Es sospechoso.
Alma miró la ventana con desdén.
—Es una baja presión atmosférica proveniente del sudeste. O es pereza del autor que no quiere describir el sol. Da lo mismo. El techo gotea en la esquina, así que trae el balde.
—Si traigo el balde y deja de llover en cinco minutos, es guion. Te lo aviso.
—Si traes el balde y deja de llover, es suerte. Movete.
Me levanté y fui por el balde azul. Lo puse bajo la gotera. Ploc. Ploc.
—¿Y los extras? —pregunté, volviendo a sentarme.
—¿Qué extras?
—La gente. El portero. La señora de la panadería. ¿Son reales o son… decoración? ¿Tienen vida cuando salimos de la panadería o se quedan congelados en una pose de “vendiendo medialunas” hasta que volvemos?
Alma se frotó la sien.
—Aurora, ¿no tienes trabajo que hacer?
—No. Estamos al día. Gracias a mi eficiencia, cabe destacar.
—Entonces invéntate algo. Porque si empiezas a cuestionar la realidad ontológica de la panadera, no voy a poder pedirle que me fíe la semana que viene.
—Es una duda válida.
—Es solipsismo barato. —Alma agarró un pisapapeles y lo movió un centímetro a la derecha—. Si la panadera no es real, entonces las facturas no son reales. Y si las facturas no son reales, mi acidez estomacal es psicosomática. Y te aseguro que mi acidez es muy real.
—O tal vez —me incliné hacia adelante— tu acidez es un rasgo de personaje para hacerte más gruñona.
Alma me lanzó el pisapapeles. Lo atrapé en el aire.
—Buenos reflejos. ¿Estaban en el guion?
—Fueron instinto. —Lo dejé en la mesa—. Pero piénsalo. Aureliano.
—¿Qué pasa con él?
—Él es un error. Literalmente. Una copia mia. Un Doppelgänger. Si esto fuera un libro, ¿él qué sería? ¿Un error de edición? ¿Un personaje que se le escapó al escritor? ¿O un plot twist?
Alma lo consideró un momento.
—Aureliano es un parche.
—¿Un parche? Qué cruel.
—No. Es un parche de software. —Hizo un gesto con las manos—. La historia… o la vida… necesitaba a alguien que pudiera manejar mi auto sin chocarlo y que tuviera tu cara pero menos drama. Así que el universo te copió, te pegó y te arregló los bugs.
—¡Hey! ¡Yo no tengo bugs! Tengo… características.
—Tienes neurosis. Él tiene pragmatismo. Es una versión revisada. Como una segunda edición.
—Es aburrido —dictaminé—. Las segundas ediciones siempre son más aburridas. Corrigieron los errores tipográficos y le quitaron el encanto.
—Le quitaron la tendencia a perder las llaves. Yo lo llamo mejora.
—Y Tiamat —dije, cambiando de tema antes de ofenderme con mi propia copia—. Tiamat es demasiado perfecto. Sospechosamente perfecto.
—Es un adolescente, Strano. No es perfecto. Es hormonal.
—No, no. Piénsalo. Aparece de la nada. Es guapo. Inteligente. Maneja. Le caigo bien a pesar de que soy un desastre. Se lleva bien con mi papá. Se lleva bien con mi copia. —Empecé a contar con los dedos—. Es demasiado conveniente. Es… “el interés romántico”. Es un tropo con patas.
Alma resopló.
—Tiamat es un chico que tiene mal gusto en mujeres y demasiada paciencia. No es un tropo. Es un santo. O un masoquista.
—¡Ja! Ves, eso diría un personaje secundario cínico para validar la relación principal.
—Si me vuelves a llamar personaje secundario, te despido.
—No puedes. Soy la protagonista. Sin mí, la trama no avanza.
Alma me miró fijamente. Se sacó los anteojos.
—¿Y si la protagonista soy yo?
Me quedé callada.
—¿Tú?
—Sí. ¿Por qué no? Tengo el pasado trágico, el poder misterioso, el compañero animal mágico y la oficina con vistas. Tú eres la asistente cómica que hace preguntas tontas para que el público entienda la exposición.
—¡Oye! —Me indigné—. ¡Yo tengo el arco de crecimiento! ¡Yo aprendí a manejar!
—Yo aprendí a no matar a la gente. Eso es más crecimiento.
—¡Yo tengo el trauma de la madre muerta!
—Yo tengo el trauma del novio suicida. Gano en tragedia.
Nos miramos. Era un duelo de egos narrativos.
—Empate —concedí—. Somos co-protagonistas. Una buddy movie.
—Acepto el término. Pero yo voy primera en los créditos.
El balde sonó más fuerte. PLOC-PLOC. La lluvia arreciaba.
—Alma.
—Qué.
—Si esto es una historia… ¿quién la lee?
Alma miró el techo, como si pudiera ver a través del yeso y las nubes.
—Nadie.
—¿Nadie? Qué deprimente.
—Al contrario. Es liberador. —Volvió a ponerse los lentes—. Si nadie lee, no tenemos que entretener a nadie. No tenemos que ser coherentes. Podemos tener capítulos aburridos donde no pasa nada y solo hablamos de tonterías.
—Como ahora.
—Como ahora.
—¿Y si nos están leyendo ahora? —susurré, mirando a una esquina vacía de la habitación—. ¿Y si hay alguien, en otro plano, pasando las páginas o haciendo scroll en una pantalla, pensando: “Vaya, qué diálogo más relleno”?
Alma se giró hacia esa misma esquina. Levantó el dedo medio.
—Si hay alguien… que se busque una vida. O que mande plata. Aceptamos donaciones.
Me reí.
—No creo que funcione así. Creo que solo… observan. Como voyeurs cósmicos.
—Pues espero que les guste vernos archivar. Porque la semana que viene toca balance trimestral. Eso sí que va a ser un thriller.
—El suspenso de la hoja de cálculo —dije—. Terror puro.
Me estiré en la silla. Me sonaron los huesos.
—Oye, jefa.
—Dime, empleada.
—Si pudieras reescribir algo… ¿qué cambiarías?
La pregunta quedó flotando. Pesada. Ya no era un juego.
Alma dejó de jugar con el encendedor. Su mirada se perdió en la lluvia.
Sabía lo que estaba pensando. Antón.
—Nada —dijo, después de un siglo—. Si cambias una coma, cambias la frase. Si cambias la frase, cambias el párrafo. Si borro lo malo… —Me miró—. Quizás borro lo bueno. Quizás borro que llegaste tú ese día empapada y asustada. O que Rafu aprendió a no comerse los muebles.
—El efecto mariposa.
—El efecto dominó de la mierda. —Se encogió de hombros—. Es un castillo de naipes pegado con chicle, Aurora. Si tocas una carta de abajo, se cae todo. Prefiero esta estructura tambaleante que conozco a una perfecta que no sea mía.
—Yo borraría mi corte de pelo de los doce años —dije, para aligerar—. Ese flequillo fue un crimen de lesa humanidad.
—Fue una decisión valiente.
—Fue un accidente con tijeras escolares.
—Lo mismo.
—Y quizás borraría esa vez que le dije “papa” al profesor de geografía.
—Eso es clásico. Le da profundidad a tu trauma.
—Le da vergüenza ajena a mi biografía.
El teléfono de la oficina sonó. Un timbrazo estridente, antiguo, analógico.
Saltamos las dos.
Alma lo miró con sospecha.
—¿Contestas tú o contesto yo? —pregunté.
—Contesta tú. Si es el narrador diciendo que se le acaban las ideas, dile que compre alguna.
Levanté el tubo.
—Grau & Strano, especialistas en lo imposible, ¿en qué podemos ayudarle?
—¿Hola? —Una voz de anciana, temblorosa—. ¿Es ahí donde arreglan las tostadoras que recitan a Baudelaire?
Cubrí el micrófono. Miré a Alma.
—Señora con tostadora poeta.
—Dile que estamos cerrados por crisis metafísica.
—…Señora, le podemos dar un turno para el jueves. Sí. Trate de no ponerle pan integral, eso las pone melancólicas. De nada.
Colgué.
—Tenemos trabajo el jueves.
—Bien. El dinero es real. Eso confirma mi existencia.
Volví a mi silla. La lluvia había bajado un poco su intensidad. Ya no era un diluvio bíblico, era una llovizna molesta.
—Alma.
—Por el amor de Dios, Strano. ¿Qué?
—¿Crees que tendremos un final feliz?
Ella se giró en la silla completamente. Apoyó la barbilla en la mano. Me miró con esa mezcla de cansancio y afecto que era su marca registrada.
—No existen los finales felices, Aurora.
—Vaya. Gracias por el ánimo.
—Déjame terminar. No existen los finales felices porque no existen los finales. La vida no tiene un “The End”. Tiene pausas. Tiene cambios de capítulo. Tiene secuelas malas. Pero sigue. Incluso si te mueres, dejas ecos. Dejas manchas en la pared. Dejas gente que te extraña. Dejas deudas.
—Entonces… ¿solo sigue?
—Sigue. Y mientras siga… mientras estemos en la página… podemos pelear. Podemos comer pizza. Podemos quejarnos. Eso es mejor que un final feliz. Eso es… continuidad.
—Continuidad. Me gusta.
—A mí me gusta que dejes de hacerme preguntas y te pongas a buscar si hay un manual de exorcismo para tostadoras en la biblioteca.
—Voy.
Me levanté y fui hacia la estantería.
Busqué entre los libros. “Demonología para tontos”. “Reparación de Electrodomésticos Malditos Vol. 2”. Ahí estaba.
Saqué el libro. Soplé el polvo.
Miré a Alma. Estaba mirando la lluvia otra vez, pero parecía tranquila. Sólida. Real.
No éramos personajes. O si lo éramos, éramos los más rebeldes de la biblioteca. Los que se niegan a seguir el guion si el guion es aburrido.
—Oye, Alma —dije, abriendo el libro—. ¿Te diste cuenta de algo?
—¿De qué?
—Dejó de llover.
Ella miró la ventana. El cielo se estaba abriendo. Un rayo de sol débil, anémico, pero sol al fin, entraba por el vidrio sucio, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire.
—Vaya —dijo—. Parece que cambiaste de escena.
—Fui yo —aseguré—. Lo decidí. Fuerza de voluntad.
—Fue la baja presión desplazándose hacia el este. Pero si te hace feliz sentirte diosa del clima, allá tú.
—Me siento autora de mi propio destino meteorológico.
—Pues tu destino meteorológico dice que vayas a comprar café. Se acabó. Y sin café, mi personaje se vuelve antagonista.
—Entendido. ¿El de siempre?
—El de siempre. Y medialunas. Para darle textura a la trama.
Agarré mi abrigo. Fui hacia la puerta.
Me detuve con la mano en el picaporte.
La oficina estaba iluminada por ese sol de tarde. Se veía… bien. Se veía como mi lugar.
—¿Sabes qué, Alma? —dije sin girarme—. Si esto es un capítulo de relleno… es mi favorito.
—Lárgate, Strano.
Salí al pasillo. Bajé las escaleras silbando.
Afuera, la ciudad brillaba, húmeda y ruidosa. Los autos tocaban bocina. La gente corría. El mundo giraba, caótico, real, tangible.
Si alguien nos estaba escribiendo, pensé, espero que se esté divirtiendo tanto como nosotras. Y si no… bueno, que se aguante. Nosotros no pensábamos irnos a ningún lado.


