Y ahí fue cuando vi el colapso de la entidad todopoderosa. Verla ahí, frente a mí, sin vida, tan frágil como un simple… humano, sin rasgos de androide, me devolvió a la realidad de que todos llegaremos a morir algún día. Incluso a los dioses los llamamos eternos, o al menos eso queremos creer. Pero viéndolo desde cerca, era imposible no pensar que ya había muerto antes: este ente era carne y hueso por completo.

~Fragmento del Libro de Uzek, Sacerdote de la Catedral del Vacío Eterno.

Ya era hora de partir nuevamente. Al parecer, el mundo odiaba que las personas se mantuvieran tranquilas, descansando en un mismo lugar. Como si las espiara o, peor aún, analizara y calculase todos sus movimientos pasados y futuros. La zona no parecía hostil, pero por el silencio incómodo y la poca iluminación, que hacía que todo se viera en distintas tonalidades de gris, le daban al lugar un aire desagradable. Incluso las plantas, que por alguna razón brillaban con un verde turquesa fosforescente, provocaban una sensación incómoda: de odio, de tristeza, de una esperanza ya convertida en desesperanza, esperando a que todo terminara de una vez.

Olía a tierra metálica húmeda.

Luxvier observaba fijamente su vehículo. «Pedazo de mierda que eres», pensó con un odio casi romántico. Él y su compañero lo habían construido desde cero. Casi. Los motores se fabricaban en diversas ciudades; no tenían nada de especial, y en realidad tampoco lo tenía el vehículo por sí solo. Lo especial era lo que podía hacer combinado con el polvo. Pero no con cualquier polvo. El olor de la tierra comenzaba a calentarse. Debían estar cerca de la sustancia que necesitaban para continuar.

—Veltyr, inicia el análisis —ordenó Luxvier—. Creo que por fin ya podremos continuar. Me urge dormir en una cama real; los asientos que tenemos no son nada cómodos.

Veltyr, sin decir palabra, sacó una libreta metálica de su bolsillo. Era de un metal suave; casi parecía líquido y se comportaba como si fuera papel, una especie de aluminio flexible pero resistente. Escribió —o, más bien, programó— una serie de indicaciones y las ejecutó para realizar un mapeo de la zona donde se encontraban. Aunque no era exacto, sí ofrecía una idea general del terreno, la elevación y el tipo de suelo. Datos como la temperatura, la gravedad, la luminosidad y otros detalles no se reflejarían hasta que pasaran físicamente por allí. Al sincronizarse con la base de datos del dúo, descubrieron que no habían mapeado ninguna zona cercana como para expandir un mapa ya existente. Aun así, el primer análisis insinuaba una comunidad cercana.

El mapeo de la zona consistía en emitir una señal que rebotaba en forma de cuadrado, buscando cuatro paredes o algo lo más similar posible a ellas, para finalmente proyectar un mapa en forma de holograma preliminar. Al dúo le habían tocado zonas que les tomaba décadas mapear por completo. Esta vez, en cambio, la zona parecía pequeña: apenas unos cincuenta kilómetros de extensión. Sería una buena oportunidad de negocio, en caso de que no existiera ya un mapa hecho para la comunidad, si es que de verdad había una.

—Tenemos suerte. No creo que nos demoremos más de una semana aquí.

—¿Ah, sí? —Luxvier sonrió con los ojos; habían pasado cientos de años desde la última vez que les tocaba una zona así—. Sería una buena oportunidad para crear nuevas notas hechizadas. Es peligroso que andemos sin arma.

—Si tan solo dejaras de ser tan descuidado… —gruñó Veltyr—. Es enfadoso tener que rehacer hechizos con cada nueva arma por culpa de tus pérdidas.

—Sí, sí. Vamos ya a buscar el polvito. Ya quiero largarme de aquí.

—Te sigo.

No siempre era buena idea llevar el vehículo desplegado. Por su naturaleza, era ligero, compacto y adaptable, algo así como una mezcla entre un carro de rally y una máquina plegable pensada para sobrevivir al camino. Podía doblarse hasta quedar reducido al tamaño de una mochila grande. En caso de combate, podían soltarla para ganar movilidad. La desventaja era obvia: sin un rastreador, podían perderlo entre el caos. Aunque también podía servir como método de escape rápido.

Veltyr se puso la mochila al hombro. Era común que los Indicadores cargaran el vehículo, ya que, en caso de violencia, eso le permitía a su compañero, el Ejecutor, iniciar la batalla al instante. Pero, por ahora, su compañero no tenía arma, así que era mejor que él lo llevara. Al menos por ahora.

Explorar esos submundos dentro del mundo no siempre se hacía desde el asiento del conductor, sino paso a paso. No por nada pertenecían a los Trotamundos. Pero eso no se le decía a cualquiera.

—Lo huelo. Está cerca —dijo Veltyr, estornudando al sentir cómo el polvo se le metía en la nariz—. Rápido, vayamos hacia allá. Llenemos el tanque y los depósitos. Nuestro camino es eterno.

—No necesitas recordármelo. Ya quiero abrazar una almohada.

El recorrido fue largo: solo unos cuantos días. La zona, aunque demasiado chica en comparación con otras, tenía más aspecto de laberinto que los grandes planos que les habían tocado antes. Esos sí eran una joya para explorar y manejar: permitían avanzar en vehículo la mayor parte del tiempo y, mejor aún, crear y experimentar con nuevas armas y hechizos. Pero así era el camino a veces; intentaba aplastar mentalmente a todo ser vivo hasta conseguir que se rindiera.

«¿Cuál era nuestra misión? ¿Nuestro propósito?», pensó Veltyr, disociado. Llevaba alrededor de dos días en modo automático y no había prestado atención a sus alrededores. Tenía la impresión de estar olvidando algo importante.

Olía a humedad. A polvo tibio y húmedo.

—¡Ajá! ¡Achú!… —Luxvier respiró y exhaló profundamente; odiaba que el polvo lo hiciera estornudar. Había pisado el polvo por accidente, levantando una nube a su alrededor—. Finalmente, suministros para arrancar y derrapar.

—O por si tenemos que pelear —dijo Veltyr, rompiendo la fantasía mientras llenaba los depósitos y comenzaba la extracción.

La tecnología usada para la extracción del polvo era tan vieja como el mundo en el que se encontraban. El polvo en sí era extraño: parecía una pequeña galaxia, o una explosión flotante, desvaneciéndose lentamente, como si quisiera olvidar que alguna vez existió. Como si intentara olvidar algo inolvidable.

—¿Cuánto falta?

—Solo unas horas más. Es polvo tipo O. Inestable.

—¿Tipo O? —Los ojos de Luxvier brillaron; había pasado mucho tiempo desde la última vez que se toparon con un polvo así.

Los polvos clasificados como tipo O, los azules dentro de la clasificación estelar, eran los más… calientes. Para los motores, eso significaba explosividad pura. Permitían alcanzar velocidades extremas y completar zonas en mucho menos tiempo que con polvo común. Y para los hechizos, ni hablar, aunque no estaban exentos de peligros.

Al ver la expresión de Luxvier, Veltyr recordó la primera vez que se toparon con polvo así. ¿Era tipo O? ¿O A? Recordaba que había sido alguna variante de los azules; en fin, una de las potentes. Habían hecho estallar uno de sus primeros vehículos con un polvo de ese tipo y pasaron casi un año completo restaurándolo desde cero.

EXTRACCIÓN COMPLETA, anunció la libreta metálica de Veltyr.

—El sonido de la victoria —cantó Luxvier. Estaba listo para salir volando en busca de la comunidad cercana. Él ya se imaginaba durmiendo con una almohada—. Ya guarda tu bitácora y ayúdame a desplegarlo. Tendrá que irse calentando.

La bitácora se cerró. Veltyr parecía confundido. Parecía que, por fin, había recuperado el control de su propia conciencia, como si apenas estuviera saliendo de su modo automático. Siempre le costaba un poco. Después de tantos años sin detenerse, le resultaba más fácil dejar que la vida lo llevara de un lugar a otro. Todo le parecía igual, solo acomodado de manera distinta. El mundo era eso: lo mismo, pero en ubicaciones diferentes. ¿Qué se podía esperar de alguien que había pasado milenios haciendo mapas y analizando la topografía de todo? Haría falta algo realmente, realmente intenso para sorprender a personas así, si es que todavía podían llamarse personas.

Veltyr se quitó la mochila y, usando su bitácora, indicó las instrucciones para el despliegue automático del vehículo. Poco a poco, el auto comenzó a desdoblarse. Primero aparecieron las llantas, la estructura inferior, los tubos, los cables y el tanque. Una vez formada la base, el resto empezó a desarrollarse desde atrás: el maletero, luego los asientos y el tablero, y al final la parte frontal.

Cuando todo estuvo listo, Veltyr notó que Luxvier ya estaba en el asiento del conductor. Había puesto el vehículo a calentar, tal como lo había dicho. Revisaba la sensación del asiento contra su traje. Casi se olvidaban de que llevaban puesto aquel traje especial: una segunda piel hecha de un material resistente, casi orgánico y, aun así, artificial. Permitía una conexión más profunda con el propio cuerpo. Era tan cómodo que daba miedo. Se acoplaba demasiado bien a la piel, si es que todavía podía llamarse piel y el traje no la había consumido ya. Cada vez se sentían con menos rasgos humanos. No le gustaba la idea de esas cosas biomecánicas, pero ya era imposible escapar de ellas desde que se habían convertido en Indicador y Ejecutor. Ambos habían olvidado por qué se habían convertido en Trotamundos en un inicio. Era algo que juraron no olvidar nunca; o algo que olvidaban y recordaban de nuevo según les convenía. O quizá solo para no quedarse sin propósito, aunque fuera a costa de engañarse a sí mismos.

—¿Sigues callado? Bueno, sube. Ve indicándome. Estoy listo para ejecutar y salir de aquí.

Poco después, Veltyr se dio cuenta de que ya estaba sentado en su lugar de copiloto. Al notarlo, abrió su bitácora. La superficie suave se desplegó entre sus manos como una lámina viva, revelando las notas que había escrito para el trayecto. No eran simples indicaciones de ruta, sino la estructura misma del hechizo. Entonces comenzó a cantárselas a Luxvier. Más que indicaciones, se las dictaba como un código exacto, con una precisión y una sincronización casi divinas. Como si fuera una melodía. Un canto extremadamente preciso.

—Izquierda tres, sostén.
Recta corta, carga.
Derecha dos, suelta.
Baja limpia, mantén eco.
Placa hueca, corrige.
Recta, ancla.
Giro uno, frena.
Lento seis, cierra hacia gravedad cero.
Salida abierta, desplaza.

Luxvier ejecutaba las instrucciones con la misma precisión. Una precisión que daba miedo. Entre los dos existía una sinergia sin igual. Estaban, literalmente, hechos el uno para el otro. Algo realmente inhumanamente humano. Luxvier no conducía solo siguiendo instrucciones: ejecutaba una ruta ya fijada en metal, memoria y polvo.

Antes de que se dieran cuenta, habían llegado a la comunidad. Otro lugar donde lo mejor era recordar aquello que nunca fue, solo para conservar una miserable cantidad de esperanza de que podrían sobrevivir otra década más.

Llegaron al motel, a las afueras de la ciudad. Veltyr se quedó analizando el vehículo mientras Luxvier entró a alquilar el cuarto para la noche. Por precaución, esa primera noche se quedaron en el mismo cuarto. Claro, una cama para cada uno. Era mejor permanecer juntos al llegar a una comunidad nueva, por si acaso. Además, les permitía analizar a la comunidad antes de integrarse realmente en ella. También convenía validar si los miembros de su gremio mantenían una buena relación con ese lugar, si es que alguno había llegado antes. Veltyr se encargó de hacer todo el reconocimiento.

Luxvier, feliz, se dejó caer sobre la cama. Una cama tan horrenda que hasta los resortes parecían cosquillearle y picarle las costillas. Pero por fin pudo abrazar una puta almohada, y eso valía cada maldito recuerdo.