Capitulo Doce: Sueños En mi corazón

—¿Por qué lloras, hija?

Una voz tranquilizadora, casi anestesiante, hizo que abriera los ojos con fuerza para evitar que siguieran cayendo más lágrimas.

Me esforcé por elevar la vista y mirarla a los ojos. Tan hermosa como siempre. Su cabello negro con aquellas trenzas que caían sobre su pecho, y sus ojos de un azul tan profundo como el mar que no tenían ninguna maldad.

Volví a llorar. Porque sabía que jamás sería tan buena como ella.

La abracé con las pocas fuerzas que me quedaban, envolviendo mis brazos pequeños en su cintura y pegando la cara contra su vientre.

Lloré.

Lloré como jamás lo había hecho antes. Nunca había llorado de verdad hasta ese momento. Era extraño hacerlo, pero se sentía bien de una manera que no sabía nombrar.

Su mano sobre mi cabello era cálida, moviéndose despacio desde la coronilla hasta la nuca con dedos frágiles.

Quería hablar pero solo salían sonidos de mi boca, incapaz de modular lo más mínimo.

—Shin…

Oí mi nombre con la calma de siempre.

—Llorar no es propio de una diosa, ¿verdad?

Su risa me hizo llorar aún más. No por vergüenza ni por nada concreto. Solo me hizo pegar un grito contra su vientre y llenarlo de lágrimas.

Sentí cómo se agachaba, poniéndose de rodillas para quedar a mi altura. Tomó mis mejillas con ambas manos y comenzó a limpiarme los ojos con los pulgares mientras yo solo lograba limpiarme la nariz con el dorso de la mano.

—¿Por qué lloras, amor?

—Yo… yo…

Intenté responder pero solo salió otro mar de lágrimas.

—Lastimé a Karvios…

Solo recordarlo me hizo llorar otra vez. Había herido a mi propio hermano mayor por no controlarme, y ahora estaba llorando sin siquiera haberle pedido disculpas.

Qué asco.

Aun así sus manos no dejaron mis mejillas. Me obligué a cerrar los ojos para no ver su rostro. No podía verlo después de haber hecho tal cosa.

—Shin…

Mi corazón se detuvo al oír mi nombre.

—Tus dones son fuertes… pero son tuyos, ¿no?

Abrí los ojos para mirarla. Aquellos ojos que me envolvían como si cayera en lo más profundo del mar. Asentí con la cabeza.

—Entonces, ¿por qué lloras?

¿Por qué lloro? Porque no sé controlarme. Lastimo a todos.

—¿Por qué lloras?

Porque no pude entender a mi hermano sin herirlo.

—¿Por qué sigues llorando?

Porque no pude salir adelante yo sola.

—¿Por qué vas a llorar?

Porque no pude mantener a nadie con vida.

—¿Por qué lloras ahora?

Porque no pude salvarte, mamá.

—Mamá…

El viento frío la despertó de golpe.

Abrió los ojos con un sabor a metal en la boca y los ojos aturdidos.

El suelo nevado. El sonido cercano de agua fluyendo. Un sol comparativamente cálido sobre un paisaje que seguía siendo frío. Había calma más allá del poco viento que movía el aire bajo aquella luz.

Sentía la cara arder. Las manos también.

Miró hacia el lado y la vio ahí, sentada cerca, en su propio mundo, con la vista en el suelo y las manos apoyadas detrás de ella.

Se vio a sí misma. Ropa quemada, rostro en calma, distraído. Cabello blanco como el suyo. Pero unos ojos rojos que ardían como sangre iluminada.

No entendía del todo qué estaba pasando, pero recordaba muy bien lo que había ocurrido la noche anterior.

Se llevó los dedos al propio rostro adolorido. Solo rozarlo quemaba. Se levantó con dificultad, paso a paso, y caminó hacia el sonido del agua.

Era un pequeño río que retomaba poco a poco su color natural, aunque aún tenía manchas rojas que el flujo arrastraba lentamente.

Se dejó caer de rodillas frente a él, tomó agua entre las manos y se la llevó al rostro.

Quemaba como nada le había quemado antes, pero se limpió la cara de todas formas, con paciencia, con el dolor incluido.

Cuando terminó dejó caer las manos y cerró los ojos un momento. El rostro de su madre. Lo dejó estar ahí un segundo antes de abrirlos y ver su reflejo en el río que fluía.

Dejó salir un suspiro lento.

Su rostro estaba golpeado, sí, pero se estaba recuperando. Eso lo sabía.

Pero lo que la hizo quedarse inmóvil fueron sus ojos.

El izquierdo, un morado profundo como una herida vieja.

El derecho, un azul pasivo como el mar.

Como los ojos de su madre.

Se miró un momento más en el agua antes de ponerse de pie y girar la vista hacia su otro reflejo, aún sentado en la nieve.

Un reflejo que ahora estaba segura que era real.

Tan real como ella misma.